Hablemos de Cine

Carlos Brito La Subjetividad y el Documental.

 

 

Luis Laya

¿Cómo llegó al documental?

Llegué por la vía más expedita. Mi formación es fundamentalmente literaria, pero nunca escribí guiones de ficción sino que me dediqué fundamentalmente al documental. Se me ocurrió meter un guión, una versión policial, en un canal de televisión. Nunca se produjo y Radio Caracas terminó contratándome como analista de guiones; luego llegué a una trasnacional, HBO. Ahí me desarrollé como gerente de contenidos y termino de entender que existe un vínculo con la realidad. Eso fue afinando el trayecto. En 2002, ellos descubren mi concepción de la vida y me botan. Desde ahí me convertí en un realizador independiente, más cerca del registro y su entorno.

¿Cuáles son los vasos comunicantes de estas dos actividades?

No hay posibilidad de acercarse a una modalidad expresiva sin previamente experimentar una impresión. Esa capacidad de impresionarnos es lo que he venido explorando. Lo que puede generarse a partir de cierta preocupación, desde el lenguaje del cine. Opino que esa preocupación puede saldarse a través del vínculo con la realidad.

Denos su visión del documental.

Es algo interno. Cada documentalista toma sus opciones. Desde el origen del documental nos han querido convencer que el mismo es un reflejo de la realidad y pareciera que su única finalidad es mostrarla. Sus límites, entonces, serían simplemente la constatación de la realidad. Yo respeto esa línea. Sin embargo, creo que se queda corto el emprendimiento de un documental sólo con el reconocimiento de la realidad: es necesaria su interpretación. Ambos brazos son fundamentales; un documentalista tiene que interpretar la realidad, pero es imperdonable que lo haga sin dar elementos, como un mero ejercicio intelectual.

¿Cuál es su compromiso como documentalista?

El documental es una modalidad expresiva, no un género. Si revisamos su historia, muy rápidamente entendemos que es un exiliado del cine; fue forzado a salir del espacio cinematográfico y obligado a entrar en el formato televisivo. Desde su nacimiento hay muchas formas distintas, hasta finales de los años 50, cuando nace la BBC de Londres, donde se percataron de que la industria cinematográfica lo había abandonado. Entonces ese nicho fue creado y lo encerraron en el formato televisivo. Así nos han tratado de convencer de que el espacio del documental es la televisión y para ello cambiaron su naturaleza. (La televisión) nos obliga a desnaturalizar su potencial estructura porque le impone un corsé, unos tiempos determinados. Son exigencias: si pasa de los 55 minutos no es televisable. No puedes mantener un plano porque te dicen que no funciona, que no es atractivo. Me acuerdo siempre del tema Mc Luhan, porque el medio termina secuestrando todo: la duración, la estética. El documental está constantemente luchando para conquistar sus formas expresivas. Inclusive los teóricos tratan de crear categorías complacientes y han aparecido nociones como “reportajes extensivos”. Uno siente que están cerrándose a la posibilidad de dar un debate serio sobre la naturaleza del documental y de que, a la postre, no vamos a llegar a una categorización definitiva. Entonces el gran reto es permanecer lo más fiel posible a una visión de realidad y objetividad, si bien ambos son valores inalcanzables. Las corrientes filosóficas más contemporáneas dicen que la realidad no existe, sino sus interpretaciones. Pero entramos en otro terreno muy complicado: cómo asumimos la objetividad. El acercamiento a la realidad es un desafío, pero el relativizar todo le ha hecho daño al documental. Han entrado cientos de concepciones sobre su origen. Un subjetivismo extremo, donde lo que parece más importante es el propio sujeto. El documental selfie, lo llamo yo. Con el posmodernismo se extiende el mecanismo de verse a sí mismo. Pero ¿qué pueden interesarle a la gente tus preocupaciones abigarradamente personales? Ahí hay un enfrentamiento. La otredad es mucho más importante que yo mismo. Ojo, con esto asomo una visión crítica. Debo celebrar que a veces hay cosas extraordinarias, pero cuando es así siempre detrás hay un gran maestro… como Berliner, por ejemplo, que agarra una cámara y entrevista a su papá, entregando un compromiso donde se descubre la tradición de la memoria de los judíos que llegan a Norteamérica; una develación de la clase media fatua, inmigrante… También un documental francés, Las cosechadoras y yo. Es mi mirada, pero revelo la depauperación que produce el capitalismo, donde todo es desecho. Allí hay una subjetividad que asume un reto, con sus preocupaciones ante la realidad. Eso me parece válido. Pero si es sólo la celebración del sujeto que lo realiza, no me interesa.

Como guionista y realizador tiene más de 15 producciones. ¿Qué temas ha abordado y qué los transversaliza?

Lo que yo trato de develar son los terrenos sociales que problematizan la razón colectiva, cualesquiera sean los ámbitos. Mis primeros dos o tres trabajos, al salir de HBO, se concentraron en la memoria popular venezolana, el patrimonio cultural. A partir de allí las temáticas han permanecido. Siento que hay algo fundamental: el vínculo y la preservación de la memoria, plantearse como estrategia de registro lo que uno quisiera que permanezca. Milan Kundera hablaba de la “memoria contra el olvido”. Por allí van los tiros. Intento registrar algo para que el olvido no se lo trague. Luego hay otro tipo de documentales que son una indagación del imaginario social y político. Son preocupaciones que me han concentrado, y en el intermedio ha aparecido la posibilidad de hacer otro tipo de cosas. A mí no me preocupa lo autoral ni tener una estética propia, que las cosas que hago lleven un sello; mi idea de la autoría está un poco desdibujada. Me signa mucho una expresión de García Lorca, quien decía “no me interesa lo novedoso sino lo auténtico”. La autenticidad en el caso del documental es mucho más importante que la novedad. Procuro que lo que capte la cámara se mantenga fiel a eso. Hice un documental, Caracas insurgente, que se trata sobre atravesar seis barrios caraqueños y ver cómo debaten, conviven y piensan sobre una idea tan compleja como el poder popular. Hay una ética de respeto. En mis documentales aparecen sujetos diciendo cosas que yo no comparto, pero eso me exige mucho más.

La siembra. Chávez. Un dolor, un legado, un personaje histórico y a la vez vivo. ¿Qué decir del Gigante que ya no se haya dicho? ¿Cómo hacerlo?

Las ideas no llegan de la noche a la mañana. Algo que nunca quise hacer, ni pensé siquiera, fue registrar la muerte de Chávez. Pero fue una obligación ética. Sentimos que era un despropósito, que si Chávez fue el artífice de La Villa del Cine cómo era posible que “la villa” no estuviera allí a la hora de su partida. Lo que se proponía era un registro de la sensibilidad colectiva y se realizó pensando en mostrarlo durante la primera conmemoración de aniversario. Pero llegó el tiempo y nunca se pasó. Se ha manifestado que La siembra es un documental políticamente inconveniente porque nos vuelve a poner en un momento que -según cierto criterio- no es sano; que anímicamente nos tira pa’ bajo y nos llena de una nostalgia que no es constructiva. Siento que hay un duelo que hay que vivir y en este caso es un duelo colectivo. Los duelos se superan en la medida que uno mantenga la mirada más grata, más constructiva. Para hacerlo vi 11 años de discursos de Chávez, porque quise que él nos estuviera hablando durante todo el documental. Me tomé la atribución de seleccionar lo qué, tal vez, nos hubiera querido decir en su despedida. Aun así, surgió una controversia no tan develada, y cuando llegó el momento de estrenarlo el Sistema Nacional de Medios Públicos optó por mostrar el documental de Oliver Stone, aun cuando en ese trabajo los testimonios ya son reflexivos, están mesurados… Y creo que el trabajo nuestro, si tiene un valor, es el del registro directo…

¿En qué trabaja actualmente?

Lo último que he hecho son dos piezas que indagan en la música; la primera es sobre la llanura, y el otro explora la personalidad musical de Caracas: la música cañonera. Y aun siendo indagaciones musicales, las dos tienen preocupaciones importantes sobre la identidad, sobre lo que somos.

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