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Chupando la inmortalidad

Carl Zitelmann, sale bien librado de su cita con un género de culto. Su primer largometraje de ficción, El vampiro del lago, promete eludir estacas, crucifijos y agua bendita, para entretener a los seguidores del cine gore, el suspenso policial y el ocultismo.

 

Luis Laya

 

Una película, una buena, debe funcionar. Llámese de horror o simplemente “drama intimista incatalogable”; policial, histórica o experimental. Al analizar la pieza, bien con ojo experto -diseccionándola con el bisturí recalcitrante de un crítico sin-más-nada-qué-hacer-, o el del insaciable (vampírico) público promedio, curtido al calor de haber visto un millón de proyecciones, el balance debe ser óptimo en ciertos aspectos, digamos fundamentales.

Es decir, una película buena, sin que necesariamente se acerque al estatus de “obra maestra”, debe sobreponerse a sus defectos, para navegar sin tropiezos mayores a través de sus virtudes. Transcurrir por el río de su historia, hasta que el guión vierta su cauce en un espectador satisfecho. Este usuario, satisfecho en su butaca, deviene una desembocadura ideal.

Porque, a ver… el cineasta detesta a ese espectador estreñido y aguafiestas, ese que sale de su película sin ninguna sensación específica más allá del hambre o una ansiedad incontrolable de usar el teléfono. Es la demostración de su fracaso como creador. Quiere combatirlo.  Si no resultara un tabú, lo liquidaría antes de que dijera lo que sabe: que su película es un bodrio.

El vampiro del lago es una buena película. No la mejor ni la más trascendente. Para escalar al nicho maestro, un realizador debería hacer su chamba sin apuro; por ejemplo, afinar –o extirpar- algunas actuaciones dañinas con tendencia lamentable hacia el cliché televisivo. También perfeccionar escenas poco convincentes, con el gusto vencido de la jocosidad simplista, y trabajar más en el naturalismo, vía lenguaje, buscando el estado del arte en cada frase y situación.

Una cinta, para ser memorable y no quedar tachada en el tiempo como “de segunda línea”, debe buscar maniáticamente la rigurosidad en algunos elementos de producción, para evitar que automóviles de 1978 –como una camioneta Dodge Aspen- aparezcan en una escena ambientada en 1975 (antes de que Detroit lo diseñara); que un petejota fullero y setentoso pronuncie la muletilla “capaz” (muy del siglo XXI) en vez de “a lo mejor”; que los militares de los años treinta vistan uniformes de “hora loca”; etcétera, etcétera, etcétera.

Es decir, aunque parezca que “a nadie le importa eso” o peor, que “no se van a dar cuenta”, esa película de ningún tiempo y ninguna parte (atemporal, universal) debe perseguir la prolijidad, la perfección. Que los gazapos y pelones –ojo, siempre los hay, hasta en Fanny y Alexander– no se noten, abrumados y pisoteados como deben quedar por las buenas resoluciones y una impecable puesta en cámara.

Pero sí, aun incurriendo en algunos bloopers, El vampiro… sí es, al menos, una buena película, pues logra configurar un thriller terrorífico, misterioso y sorprendente, que cumple con sobrecoger y poner preguntas inquietantes a flotar entre nosotros; con perturbar, de la mano de esos personajes en apariencia salidos de un catálogo de pesadillas costumbristas.

También cumple con entretener; con tirar de pronto esa patada voladora dramatúrgica que nos vuela la cabeza –por un segundo-; que nos complace con un puñado de actuaciones de primera (como la del ocurrente detective caza-brujos, o la del propio vampiro, Eduardo Gulino, sin olvidar a Miguel Ángel Landa, siempre sobresaliente).

Es una película que destaca por sus cuidados planos cinematográficos, por una dirección de arte interesante, siniestra y creativa, que pica un ojo al comic; y sobre todo, nos entrega una historia -hecha para asustar- que en verdad asusta; que trepida hacia su desembocadura regando asombro y usando un ritmo acertado; destilando suspenso para provocar morbo, lograr captar el interés y, finalmente, convencer.

Basada en el libro Un vampiro en Maracaibo, el cual catapultó a su autor Norberto José Olivar en la literatura nacional, quizás peca de escrupulosa en la ambientación. Uno, porque es venezolano, capta que la acción transcurre en las inmediaciones de la capital zuliana. Porque hay un lago (aunque claramente, más bien la Laguna de Tacarigua); porque de vez en cuando la cámara “establece” en la metrópoli a orillas del inmenso cuerpo de agua; por los nombres de caseríos y pueblos vecinos desfilando en los expedientes que arman en sus pesquisas los detectives implicados.

Pero, particularmente, yo echo en falta más realismo, más maracuchidad, más identidad manifiesta, y no la coquetería light con que se presenta ese rico lugar de origen, incluyendo la falta de acento de los protagonistas.

Sin embargo, vuelvo a detenerme en sus aciertos, que son significativos: la verdad es que leyendo al director y guionista Carl Zitelmann hablando sobre su ópera prima, me quedó resonando algo. En alguna parte comenta que “…uno debe relajarse y buscar hacer la película que quisiera ver en la pantalla”. Coincido de lleno. No se puede expresar mejor. Creo que lo consigue en buena medida. Es notorio en el resultado. La película te mueve, te lleva a un lugar donde eres ajeno al celular, a la diligencia, al ruido exterior, al mundo de lo cotidiano. Te atrapa, te envuelve. Obviamente, logró la magia (negra) requerida. Zitelmann se fajó con eso y valió la pena.

En otro momento comenta: “en una película de terror debe haber litros y litros de sangre…”. De acuerdo sólo en parte. En la suya los hay. Corre a chorros, es succionada, derramada, invocada, degustada, maldita. Pero no siempre en un film de horror la presencia del plasma humano, esa intensidad roja, definitiva y aterradora -porque anuncia el dolor y la muerte-, es deseable. Es más, se puede prescindir totalmente de ella. Tan oscuro es el mundo de la oscuridad, que lo permite: la total reticencia, aun quizás más ominosa que la estridencia sanguínea.

Sin embargo, su uso (y abuso) en El vampiro… es un plus. Ella fluye, viscosa y a borbotones, salpicando la sala y las cotufas, contribuyendo, sin duda, a un escabroso sentido estético del horror que queda impregnado en el espectador. Véanla. Yo podría hacerlo de nuevo.

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