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Guerreras por siempre

El fútbol femenino salió del ostracismo hace menos de una década, contando con una generación de talentos que conmovió al país. El documental Nos llaman guerreras, actualmente en pantalla, muestra como del regate y visión de juego del combinado nacional, surgió un latido poderoso que no se apagará fácilmente.

Aun inmerso en la híper comercialización y el afeamiento producto de su desmesurado marketing, el fútbol se las ha arreglado para, más que cualquier otro deporte, mantener su esencia: la emoción pura y ese sentido de tribalismo que hace de un partido el equivalente a una batalla entre dos huestes enemigas.

El fútbol mueve masas y millones de divisas en derechos de publicidad, los peores mafiosos se pelean por su pedazo de la torta, las desilusiones deportivas por causa de no alcanzar el sueño dorado corren a raudales. Es la cara oculta de la fachada. Sin embargo, cada vez que rueda el balón, el paroxismo y la plasticidad que marca esta actividad, nos hace olvidar todo, convertirnos en puro instinto. Entonces, hasta algunos críticos anti-sistema se ponen la franela y empiezan a dar rebotes en su lugar de las gradas, coreando cantos desafinados.

En la pieza Nos llaman guerreras, de Jennifer Socorro, Edwin Corona y David Alonso, se puede “ver” la pasión deportiva, junto a una ración de nacionalismo light y sentimentalismo que no estorba demasiado. Y, aunado a la belleza y espectacularidad de los planos, la cohesión narrativa lograda en montaje y la intensidad que consigue esta película en sus mejores picos, son factores que la convierten en una referencia en el país, y tal vez en pionera.

Hemos visto filmes sobre gestas deportivas, facturados en el exterior. Pero, que recordemos, nunca este similar nivel de pertinencia, locura y coherencia había quedado atrapado en una pieza nacional. Las futbolistas de la selección femenina sub-17 de fútbol, victoriosas de manera apoteósica en el Sudamericano de 2016 celebrado en el país, y mundialistas en Jordania (el mismo año), llevan al boquiabierto espectador de su mano y dribles por una épica de tensiones, angustias, empeño y valor, hasta impregnar de orgullo patrio a todo el que se asome.

Partiendo de una idea original de Jeniffer Socorro, los jóvenes cineastas que le acompañaron en la tarea, convirtieron ese germen en un trabajo colectivo que roza la exquisitez. El registro de un sueño alcanzado y las necesarias visitas por el documentalismo puro, combinando elementos en un producto con ritmo y profundamente venezolano, no flaquearía internacionalmente.

No sólo el que guste del fútbol puede disfrutar de este trabajo: se trata de la proeza de varias deportistas adolescentes, enfundadas en su camino a la gloria, con la convicción de un visionario cuerpo técnico detrás y la mira puesta en logros sin precedentes. Podría tratarse de músicos, de artistas, de arquitectos, pero son futbolistas de alto nivel, que se levantan de los tropiezos y la poca trascendencia del fútbol femenino en un lugar circunstancialmente aquejado por dificultades políticas, económicas e históricas, para poner un sello a su paso por el mundo.

El documental Nos llaman guerreras logra captar de manera magistral, al margen de algunas lágrimas indigestas y cierto conformismo de la puesta en cámara, el contraste entre las “chicas súper poderosas” y sus realidades, que son las mismas realidades –geográficas y sociales- de un país. Nos llaman guerreras es un producto de buen nivel, cumple con su objetivo de documentar, de “recordarle” a la gente lo que tenemos en Venezuela, de fotografiar el paso por la historia de una generación indeleble y, más allá de su potencial éxito en la pantalla grande, luce como una pieza de referencia para cineastas, entusiastas del deporte y una oportunidad de, pasado su primer ciclo de exhibición, integrar las parrillas de televisión para llegar a ese público que, por razones diversas, no logró verla en el cine.

Luis Laya

 

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