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Kueka: Una piedra en el ojo

Luis Laya

En tiempos entreverados entre la leyenda y lo histórico, dos jóvenes amantes, haciendo lo que mejor saben hacer, rompen un tabú y son convertidos en piedra. La maldición les da una limosna: estarán juntos toda la vida en un bello paraje de la Gran Sabana, cercano a una corriente cristalina de jaspe. Increíblemente, el abuelo y la abuela Kueka, son finalmente separados. Makunaima, el dios pemón no llegó a imaginar que, al finalizar el segundo milenio cristiano, un alemán oportunista desvirtuaría uno de nuestros más rotundos mitos originarios, raptando a la piedra sagrada para instalarla en un jardín berlinés, como parte de una arrogante instalación de “arte”. Un doloroso desarraigo se había perpetrado.

Aprovechando la entreguista visión del gobierno de Caldera (1998), la distracción de la comunidad que protestaba por la instalación del tendido eléctrico Venezuela-Brasil, y la complicidad corrupta de las “fuerzas del orden”, el “artista” germano Wolfgang Von Schwarzenfeld, cual prestidigitador, se lleva una piedra legendaria de 30 toneladas al otro lado del Atlántico. Allá se dedica a despellejarla. Pinta y esculpe referencias sobre su superficie.

El trasfondo se nos revela terrible: un culturicidio cometido por la metrópolis, el cual sólo logra ser visibilizado debido al contexto revolucionario. (Si tal despojo y agresión sobre hubiera sucedido en los años 70, digamos, mucho hubiera costado sacar el tema al público. Sería una “leyenda negra” más). El documental Kueka, cuando las piedras hablan, de Francisco Denis, intenta arrojar luces y acompañar el lento curso de justicia histórica desde 1998 a la actualidad* (2015), pasando por un proceso abrupto y exasperante donde, desde voces interesadas hasta la desidia secular, han hecho de todo para ocultar la luchas de los indígenas pemón por restituir la piedra Kueka al país.

El documental tiene dos cometidos principales: informar sobre un insólito atentado a la integridad nacional y, a la vez, devolver las cosas a su sitio. Kueka es tan importante para nuestra cultura originaria como La Meca para los musulmanes y la Plaza de San Pedro para la feligresía católica. Pero, al constituir el símbolo cosmogónico de una cultura colonizada y avasallada, literal piedra fundacional de un mito víctima del eurocentrismo, se ha desmeritado su real dimensión.
El grupo de documentalistas-activistas, encabezado por el realizador Denis, asume un compromiso difícil: hilvanar pietaje antiguo, testimonios, protestas y reuniones, con planos originales. Así, logra ensamblar una pieza sensibilizadora, que contextualiza y explica, para que cada espectador saque sus conclusiones.

La sordera oficial, una escasa comprensión del tema, la burocracia, las trabas aceitadas por la asimetría geopolítica y las barreras económicas, son agentes conspiradores. La lucha de los pemones se torna escabrosa. Todo ello se ve en el filme, a través de un montaje pausado, de largos planos estáticos, donde se echa de menos un sonido estandarizado, o al menos un trabajo riguroso y uniforme de subtitulado. Por otro lado, una mayor escala de planos de apoyo otorgaría más profundidad a la pieza, así como un ritmo rico en matices y contrastes se echa de menos.

A pesar de sus ciertas carencias técnicas y estéticas, la película traspasa la indiferencia del común y muestra lo esencial: la participación, a veces entusiasta, a ratos desalentada –y desesperada- del pueblo pemón por encontrar una respuesta a su demanda; la grotesca puesta en escena de la oficialidad alemana; la “intervención” grosera de la piedra por parte de von Schwazenfeld; la pasividad y negligencia de nuestros funcionarios destacados en Berlín; el interés activo de las comisiones de Cultura; así como los aportes de los antropólogos Esteban E. Mosonyi y Ronny Velásquez.

El final abierto de la cinta, sin alusiones a los avances conseguidos en los últimos dos años, no aporta pistas para el esclarecimiento del intenso proceso por recuperar la piedra ancestral, símbolo de identidad, cónsono con una “nueva era” donde la escalada de auto- reconocimiento como venezolanos ha adquirido una valoración inédita. Tal es, ciertamente, una deuda de la película, fundamental para que su valor reivindicativo tenga mayor alcance y contundencia.

 

 

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