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La vía difícil

La vía difícil: Ámbar, una película sin rodeos

Luis Laya

La amplitud que ha asumido el cine venezolano en los últimos años ha instalado ya en su tradición el tema de la sexodiversidad, desde el drama principalmente, incluyendo películas como Azul y no tan rosa; Cheila, una casa para maíta; Bárbara, entre otras. Ahora se suma a esta lista la segunda pieza escrita, dirigida y actuada por el zuliano José Gregorio Hernández –en colaboración con María José Aular, compartiendo los dos primeros roles.

En un esfuerzo valiente de auto-gestión, al margen de las políticas de apoyo gubernamentales, la cinta se logra colar en el abanico de opciones nacionales que disfruta actualmente el espectador, mediante una historia de conflictos familiares, tratada con un enfoque intimista y construida sobre personajes multifacéticos que le dan profundidad y validez a la propuesta.

La trama se centra en la situación de un padre gay, separado de la esposa, que se enfrenta a todo tipo de dificultades para recuperar derechos sobre su pequeño hijo, en medio de los prejuicios y el revanchismo. El film también toca asuntos como la disfuncionalidad de las parejas jóvenes, el asunto de las drogas y el alcohol, la rigidez social y los complejos, así como aborda los aspectos legales y psicológicos en el marco de problemas similares.

El protagonista, comediante dueño de un bar de travestis, viaja de regreso al país para intentar un tour de force sentimental, junto a su pareja canadiense. No es poco lo que pretende: poder compartir libremente con su pequeño hijo y recuperar un cariño ya borroso. Pero allí están como piedra de tranca su herida excompañera, una madre reprimida por el entorno, una suegra venenosa y la drogadicción de su hermano.

El guión se vale de un hilo conductor, el dilema de los miembros de una familia –normal, como cualquier otra- ante sus problemas más agudos, las situaciones que conducirán a un desenlace crudo, halado por la tensión de las partes al empeñarse en su tozudez. La cuerda revienta por lo más delgado, parecen decirnos los autores de la cinta, sin que esto entrañe una moraleja pesada.

Los realizadores quisieron penetrar de una manera íntima y cercana en las angustias de los personajes, viéndolos en colectivo, explorando un desacuerdo grupal donde las partes, unidas por el afecto y heridas por las circunstancias, luchan contra sus limitaciones y prejuicios para salir de la crisis, sin apartarse de sus valores y visiones.

La cámara usa acercamientos francos, planos a veces nerviosos y una fotografía eficiente y sin adornos, buscando la limpieza para que broten las emociones y el espectador se sienta dentro de la historia; como si se asomara a una situación privada por una ventana. Así, logran verse descarnadamente las discusiones, las contradicciones y el dolor, sin intermediarios.

El tono es naturalista. No hay alardes narrativos, ni diálogos de intelectualidad forzada. Sólo el discurrir honesto de unos personajes conectados por sus conflictos y sostenidos por el peso de buenas actuaciones, entre ellas las muy sobresalientes de Caridad Canelón y Francis Romero. El tema de las mujeres, lo matriarcal, es central en la película.

Un drama universal, se convierte en abiertamente nacional, sin abusar del localismo. El contexto está dibujado en equilibrio, con precisión: es la familia desnuda ante un bagaje de hipocresía, jugándose lo más preciado, en necesidad de problematizar y buscar las soluciones en medio de un mundo que cambió y reclama una actitud frontal para evitar la parálisis.

La película transita por todos esos paisajes con un tratamiento lineal del montaje, fortaleciéndose en textos explícitos y en la ternura que invoca la condición humana cuando ésta es reducida a alma y carne. Ciertas situaciones estereotipadas, (el músico drogadicto podría mostrar matices más profundos e inteligentes, por ejemplo), lastran el drama en algún momento, pero no logran tumbar la historia.

Ámbar es una película a ratos tremendista y aleccionadora, aunque –también- bastante bien armada. La ausencia de final feliz es un plus que guarda como latigazo, para despertar al espectador que espera marcharse complacido a casa. Una opción diferente del cine independiente puro que está surgiendo en esta Venezuela diversa, que vale la pena ver y discutir.

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