criticom

Muerte en Berruecos o la herida nunca cerrada.

Ráfaga de infamia

Muerte en Berruecos o la herida nunca cerrada.

 

Luis Laya

Una sensación me atrapó al ver Muerte en Berruecos, del cineasta Caupolicán Ovalles. Siempre es útil y apasionante revisar nuestra historia, por remota que parezca. En realidad, si tomamos conciencia de ello, nos percatamos que sólo un puñado de generaciones nos separan de hechos atornillados en libros; sucesos que nos marcaron y fijaron una idiosincracia política y cierta hipocresía social -muy nuestra-, pero que relatados por maestros e historiadores acartonados, parecen extrañamente huecos y polvorientos.

Las películas sobre temas históricos tienen el don de revivir, con su colorido y acción viva, las epopeyas e historias mínimas extraídas de la investigación. Muerte en Berruecos, aunque de un ritmo a veces sordo y repetitivo -que puede recordar las reiteraciones de la poesía-, revela una vocación. El director desamarra los nudos desde varias perspectivas -la principal, el célebre caso de magnicidio reabierto y asignado al capitán del ejército Alejandro Godoy- para ayudarnos a entender lo que pasó en un complot monumental, que como suele suceder, supo ocultar bien las manos “pelúas” que movieron los hilos decisivos, hasta casi borrar los nombres de los responsables.

Eso parece martillar Muerte en berruecos. Una “buena” conspiración, urdida con fineza salvaje, usando la violencia del poder y el cinismo del privilegio, debe dejar los detalles en una zona de penumbra. Casi ser negada. Buena parte de los cómplices ignora la magnitud de lo que va a acaecer. Sólo conoce su contribución puntual. El público asiste a la obra, pero no ve la tramoya. Los protagonistas del crimen huyen tras bastidores y la historia oficial, en muchos casos, los absuelve. Libros de texto y enciclopedias tuercen finalmente el sentido, hasta que la impunidad se adueña de los salones y recorre libremente los bailes elegantes, burlándose de la nobleza humana. Los chivos expiatorios sí caen, por supuesto.

Muerte en berruecos a veces peca de volver en tono de ritornello, una y otra vez sobre unos mismos hechos y personajes centrales. Pero es el modo que encuentra para acentuar el dramatismo del cruento asesinato del Mariscal Sucre, y apoyar la abyección del plan magnicida. Los contextos del poder están bien retratados, en actuaciones que no sobresalen, pero cumplen con corrección al dar satisfactoriamente el color de una época. Quizás algunas locaciones no convenzan. Probablemente cierta forma de hablar -muy de este siglo- impacte la línea baja del guión. A lo mejor se encuentre monótono el cómo se plantea el transcurso de la investigación, y tampoco nos sorprenda el curso de los hechos, ni las tipologías dramáticas de los personajes, tal como se presentan, derrochen originalidad.

Donde la película realmente gana es en su frecuente alternancia de planos temporales, entreverando el relato en primer plano, que inicia en 1840 con la inesperada reapertura del caso, y el flash back recurrente del prócer aún vivo, acercándose de manera inexorable hacia la muerte. Este procedimiento, a veces caótico, resulta hábil, pues el espectador siente con el corazón  lo que fatalmente va a suceder, siendo su impotencia y desazón un gancho emocional que lo secuestra para la historia concreta. Sucre, ese digno hombre capaz de las mayores hazañas, de entrega ilimitada por una causa elevada, arriesgado y hasta temerario; ese valiente, va a ser muerto por la canalla, por los mediocres; mercenarios de poca monta, contratados por una despreciable casta patricia dispuesta a todo.

Eso lo siente el espectador hasta liberar sus energías de comprensión. Así, deseando que Sucre no se aventure al paso de Berruecos, aunque sea ya un imposible, se destejen para el entendimiento las razones del tiempo histórico actual: el porqué de tanta desigualdad y tanto sabotaje; de tanto entreguismo secular. Ovalles, desde su puesta fílmica, urde su propio plan conspirativo para emocionar con un cuento donde –probablemente- para muchos no haya sino bruma y hechos lejanos de nuestro pasado como Patria Grande.

Es probable que, al final, por obra de una dramaturgia con altibajos pero efectiva, el realizador consiga adeptos debutantes para la causa de la libertad, la equidad y la justicia, en medio de una época en la que, con armas más envenenadas, se atacan otra vez los objetivos de la integración latinoamericana, mientras se combate contra un cinismo no tan ilustrado, en pos de mejorar el destino del continente y la especie humana.

Agregar Comentario

Click para comentar

A %d blogueros les gusta esto: