criticom

Translúcido o cómo desmontar con inteligencia el tabú de la muerte

Un buen guión se agradece. Y si está bien –y equilibradamente- actuado, empiezas a acariciar la redondez. Ya dejan de importar los géneros y puedes acomodarte en la historia, disfrutar del estilo, los pincelazos de la cámara, de aquello incluso que –por bien-realizado- no se advierte tan fácil. Tal es la fluidez que una película intimista y de contados recursos escenográficos, necesita para hacer creíble su propuesta. La estética y lo que en realidad quiere contar, la filosofía y la pregunta que su autor quiso dejar a los espectadores.

Translúcido es una película efectiva, y no por ello mezquina en su propuesta. Desborda lo preciso con delicadeza, y sin deslumbramientos innecesarios deja su impronta innovadora, apenas titila la acción en la pantalla. Rubén, un ecuatoriano residente en EEUU, es un personaje real, palpable, dentro de cuya vida y drama particular nos infiltramos gracias a la magia de una puesta en cámara sencilla, acertada y original.

De adelante hacia atrás, en uno de esos flash forward extraños en el cine actual (recordamos de lejos Miel, del turco Sernih Kaplanoglu), esta coproducción ecuatoriano-venezolana dirigida por el cineasta Leonard Zelig, comienza desde sus primeras -e intrigantes- escenas a atraparnos con una historia insólita, entrañable, directa y sin truculencia, de personas que luchan con sus problemas como mejor pueden.

El mundo de este tiempo y sus preocupaciones existenciales no se enfrentan con una receta única. Los gastados parámetros para combatir, por ejemplo, una situación de salud extrema, la noticia sobre una enfermedad terminal, ya no son incontestables. El albedrío, la noción de libertad, y aun la rebeldía ante los cánones del convencionalismo, se muestran como en un abanico en Translúcido, cuando Rubén, el bien humorado protagonista, junto a un grupo cerrado de amistades, decide romper los esquemas.

El desarraigo; el constante ir y venir vía gadget tecnológico; el viajar constante por un espacio de relaciones que obtenemos artificialmente de los medios, se nos entrega como un guiño de la falsedad del tiempo. ¿Qué estuvo antes de nosotros? ¿Quiénes somos ahora? ¿Cómo se ven nuestros “grandes” conflictos a través del skype? ¿Es posible saldar las cuentas con algo que rompimos hace ya mucho tiempo, por falta de tacto emocional? ¿Cómo seremos vistos por los que no nos conocieron cuando seamos sólo polvo y recuerdo?

Tomar decisiones cuando todo parece perdido. Sanar el alma… Translúcido interroga al viento, hace preguntas duras y lanza posibles respuestas que, como esporas, se clavan en los pulmones, acercándose desde el drama a la comedia, para sacarle el peso a un tema denso. El resultado es feliz, inquietante pero fresco. La vida es vida hasta el final, y a veces, gracias justamente a lo inesperado de ese final, estimula, se resignifica y reordena; toma más potencia.

Hay posibilidades ciertas de identificarse con esta película, con sus diálogos inteligentes y ágiles, con sus cuadros de intimidad y con la humanidad que baña todo el conjunto: la ilusión del amor en contextos improbables, la resignación feliz y madura. Translúcido es de alguna manera, universal, pues todos hemos experimentado una disyuntiva totalizante, un hecho o presagio que subvierte la cotidianidad; un aprendizaje -incluso escabroso- surgido de una aparente tragedia.

La posibilidad de crecer en los momentos límites de nuestro camino a la eternidad o al olvido, está siempre latente. Sin duda Tránslucido es una película estupenda, sutilmente llena de asombros. Su estadía en las salas de cine es un aporte a la inteligencia, algo raro en estos días de refritos, efectismo vacuo y guiones apresurados. Para aprovecharse.

Luis Laya

1 Comentario

Click para comentar

A %d blogueros les gusta esto: