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Tres deseos para armar

Contrario a lo que podría pensarse, conseguir una buena idea para filmar comedia no es tarea fácil. En una caótica modernidad de pretendido confort y satisfacción garantizada, la combinación de magia y sinsentido emocional, no parece un cóctel digerible. Los realizadores Javier Mujica y Armando Coll, se atrevieron a darle cuerda al tema y el resultado fue El tercer deseo, comedia con toques de drama, que tensa la cuerda entre lo naturalista y lo fantasioso.

Luis Laya

Ante la pantalla, un primer deseo universal es que la película fluya, que nadie alto o con ansiedad por conversar se nos siente adelante. Luego de alcanzado lo básico, la ambición se desatará: querremos hallar calidad y sorpresa; ante alguna idea estimulante el entretenimiento puro tal vez resulte opcional. Y muy al principio de El tercer deseo, al margen de fallas técnicas en el audio, -que nos impide apreciar un diálogo rellenado a pura percepción, tipo gestalt- ese oscuro objeto parece ser cumplido. Rápidamente, se enciende el segundo: ¡ojalá se mantenga!, ¡que no sea un chispazo!, un bombillo fundido prematuramente, un gancho tramposo de un guión fallido, pero…
¿Será simplemente que nos falta trabajar más? Para ir a lo profundo es preciso taladrar como minero. Porque, a ver… las ideas están allí en el argumento seco: un hombre se enfrenta a su crisis personal, entre la frustración de pareja y el sinsabor de los días, el malestar laboral y borracheras anodinas con sus amigos “peor es nada”. Eugenio, un corredor de bienes raíces sencillo pero sensible, bandea como veleta en medio de una disyuntiva vital y, por una inaudita providencia, choca con lo imposible, lo ilógico: la posibilidad mágica de obtener tres deseos. Pronto, como nosotros, sin saber que lo está haciendo, pide dos y los malgasta, quedando a expensas del tercero.
Se presenta aquí la mítica prerrogativa de elegir lo que –creemos- nos bastaría para salvar la existencia; nuestro espacio para hallar la plenitud. Pero lo obtenido sólo puede ponernos en la senda del desconcierto. La verdad más potente –y desoladora- es que la gente no sabe lo que quiere pero se pasa la vida buscándolo. Riñendo con su torpeza y finteando la frustración. Esas son ideas poderosas en manos de un creador: un guionista, un escritor, un pintor o un músico. Pero, ¿cómo resolverlas con eficacia y belleza? ¿Por medio de cuál riel tendrá que rodar el tren de una historia para conmovernos, llevándonos al centro del laberinto?
La travesura de un diablillo patán, el genio Scratch (Augusto Nitti), es la llave que encuentra este guión para ahondar en algo duro: el deseo y la imposibilidad de atrapar lo que promete. De nuevo, el desconcierto, la obnubilación, la trágica soledad del hombre común. Llevar este tema al terreno de la comedia parece agenciar, de entrada, un buen chance de éxito. Quitarle solemnidad, sacarle heroísmo. Ese estilo tan nuestro, la jocosidad… Llevar el drama a tierra, podría ser la fórmula.
¿Pero la mezcla funciona por sí sola? Como con la cocina, el secreto es dar en el punto. Rozar la llaga es insuficiente. Se requiere arte. Eugenio, el agente de ventas entrado en sus sesenta, busca las respuestas a sus vacíos y frustraciones amorosas. Devanándose los sesos, encuentra mal puesta una solución de fantasía y la toma, propiciándose los enredos. De allí, al pastiche de comedia de oficina, monólogos de telenovela y la aparición recurrida del tema transgénero sólo hay un paso. Se acerca una digestión difícil.
No exenta de agilidad al principio, la trama de El tercer deseo se espesa conforme intenta hurgar en las aristas de la angustia humana. Eugenio se convierte en su misma disyuntiva, un atado de contradicciones, una ficha del destino que pretende la ternura y la comprensión de un entorno que le exige; le exige pero no le da. Los personajes que lo rodean –no lo acompañan: está solo- acentúan la vulgaridad de un mundo indispuesto. Los amigos del trabajo, la compañera chismosa, la novia, el jefe patán, el genio, un romance equívoco: todo conspira, nada sosiega.
César Bencid luce convincente en el papel de Eugenio. De su interpretación se asoma un hombre complejo: desolado, confundido, enfocado, gracioso y tierno. Sí, cierto, casi esquizoide. Pero el drama de Eugenio cuaja en terreno fangoso y finalmente se desdibuja en su larga –y forzada- tournée por el mundo LGBT. ¿Producir risa cliché?, ¿abonar la reflexión?, ¿concienciar? ¿Qué se busca frotando la tetera? Los diálogos pícaros y astutos, al borde de la ironía, fallan el blanco. Y, así, la promesa de inteligencia se espicha.
Es estimulante que, para la conclusión de la película, esa que se demora en llegar tanto como el tercer deseo para el imaginario de Eugenio, se haya elegido la estrategia del final abierto. Así, en potencia, son varios caminos los que se le presentan a Eugenio para solucionar su lío esencial. ¿No es lo que quiere todo el mundo? ¿Otra oportunidad para decidir? ¿Para hacerlo mejor?
Algo es cierto, más allá de la humorada. Como al principio, este ser humano mantiene intactas las posibilidades para salir de su crisis. Al fin y al cabo, aun con las heridas sangrantes, es un poco más sabio. Finalmente, después de ser expuesto a las mil y una maldades, cortesía del desatinado genio y de sus propias limitaciones, Eugenio descubre una posible luz.
Es cuando los realizadores, parecen darnos su visión postrera: “el gran arquitecto (el genio, nosotros mismos) aprieta pero no ahoga”.

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