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Ámbar, El color de una Familia Perfecta, entrevista JG Hernández

 

 

JG Hernández: “Me gusta ver por una ventana lo que hay dentro de una familia”.

Con Ámbar, la segunda película de José Gregorio Hernández y María José Aular se consolida el tándem que ya se dio a conocer en El secreto de mi amigo Sebas. Un drama sobre la dificultad de trascender los egos, los miedos y los prejuicios encuentra las pantallas venezolanas con un tema difícil, el matrimonio sexo-diverso y la conflictividad social ante la paternidad.

¿Qué les motiva de hacer cine?

María José Aular: Expresar una postura artística sobre algún tema. Me gusta mucho la dirección, y poder materializarlo con lo que tenemos no ha sido fácil, pero tampoco imposible. Ámbar es una película donde pudimos demostrar que con pocos recursos, sin una cámara digital, pudimos contar lo que queríamos. Se les deja un ejemplo a los chamos… que no se sientan limitados por lo tecnológico y dejen salir ese artista que todos tenemos por dentro.

José Gregorio Hernández: Desde mi punto de vista lo importante es el concepto de realización, la creación. Yo lo hago desde la pasión y me valgo de mi otro oficio, la medicina, para poder materializarlo, ir después a la promoción y llegar a la exhibición. Jugar con todo. Esto es un negocio, pero aún nos falta mucho para llegar a una industria.

¿Cuál es el tema central de Ámbar, más allá de lo anecdótico?

MJA: Con José Gregorio había trabajado en El secreto de mi amigo Sebas, y así, empezamos este proceso de ser compañeros para escribir, de adaptarnos. Un día me visita con una escaleta, y me dice “tenemos 15 días para hacerla guión, pues quiero rodar”. No fue un proceso difícil desarrollarla, porque entiendo de qué quiere hablar José Gregorio: de tolerancia, de que todas las familias son igualitas. En el camino codirigimos, porque al ser él también actor, se hacía muy complejo estar solo en la dirección.

 

 

¿Cómo llegan a esta historia?

JGH: Por gente muy cercana a mí. Son historias que he vivido de cerca y lo que tocaba era tratar de plasmarlas desde el punto de vista de la ficción cinematográfica; que funcionara como un documento visual. Al apoyarme en María quise que tuviera una visión femenina, no por deslastrarme de Sebas, de eso aberrante que tiene mi estilo… Pero con esta película quería algo más limpio, femenino, sutil. Porque así como hablamos de lo hermoso que es una familia, también quería abrir una ventana adentro de la discordia, de lo que puede sufrir un niño por causa de nuestros egos.

¿Cómo fue el proceso de trabajo? De investigación.

JGH: Hubo una parte documental. Al yo ser médico y conocer personas que han vivido el régimen de visitas, el trabajo era darle a la película una estructura de guión y buscar el hilo conductor. Quería desmontar ciertos clichés, decir que detrás de un gay hay muchas cosas, incluso una familia con más problemas que el propio personaje sexo-diverso. Y además estamos en una sociedad matriarcal. Por eso era importante lo que pensaban las tres generaciones de mujeres. Todas actúan desde su trinchera y se ve esa parte machista que tienen. Es una manera muy neutral pero a la vez directa de decir “aquí hay conflicto por todos lados”, de poner en la palestra esa realidad.

JGH: ¿Cómo enfocaron el trabajo actoral con los niños?

Nos valimos de un acting coach infantil de una escuela de teatro del estado Zulia. Los niños son mis sobrinos y en la familia somos algo histriónicos. Entonces lo que hicimos fue conducir ese talento. Agarré a Esteban (Parra), lo puse en situación, conversé con sus papás, que a veces resulta lo más conflictivo, y todo fluyó.

Hay toda una tradición de directores que también son actores y guionistas. ¿Por qué en tu caso?

JGH: A mí me gusta contar historias desde lo que conozco y trato de desarrollar el trabajo desde la técnica. Me mido, hacemos casting, probamos a otros… y al final impero porque tengo la idea en la cabeza. Es importante que el actor no le reste a la película en la parte técnica. Sin embargo, para que el barco llegue a buen puerto, lo es más que el director tenga los pies en la tierra. Un director que ceda su testigo, puede ser nefasto.

¿Piensa seguir usando el mismo método en sucesivas producciones?

JGH: Por lo menos en la tercera, que ya está en posproducción, lo seguí. Esto lo hago desde el placer. Me genera adrenalina y mucho estrés, pero creo que una de las cosas por las que vine al mundo fue para traer estos hijos… Y con esa responsabilidad lo hago.

¿Cómo ven el panorama del cine venezolano actual?

MJA: El cine venezolano ha cambiado porque los que antes éramos espectadores ahora somos realizadores. En los 90 no teníamos muchas opciones. Esta generación de 30-40 años en adelante venimos de esa crisis y la misma necesidad de ver algo distinto nos hace escribir otras cosas. Hay gente que dice que “el cine venezolano no existe hasta que la gente lo vaya a ver”… Entiendo que el público puede tener reservas porque se imagina que va a encontrarse con temas que no son de su agrado, pero poco a poco le ha ido perdiendo el miedo porque las historias se han diversificado: Me presentan drama, thriller, comedia, suspenso… es un proceso. No podría decir que estamos cien por ciento bien, pero sí mejor que hace unos diez años. En el caso de Ámbar… ¿quién en Venezuela no tiene algún amigo con alguna situación de alcohol y drogas, divorcio, sexo-diversidad? La gente se puede identificar con algún lado de la historia.

JGH: Nuestro granito de arena es el aportar miradas diferentes y hacerlo desde la trinchera del cine auto-gestionado donde tú te auto-regulas y te auto-censuras porque tiene que funcionar. Ámbar es una película que se puede digerir, cuenta con actuaciones de valiosos talentos como Caridad Canelón, Francis Romero, Leo Aldana… los niños son encantadores. Todo eso es un plus para que el espectador venezolano apoye a su cine hecho en casa.  Y para ello conté con mi distribuidora, hicimos mesas de trabajo, que la gente pudiera dirigir la mirada hacia el afiche y atacar a ese cincuenta por ciento de público no habitual. Es necesario hacerse competitivo, convertir el cine en una alternativa de disfrute, aunque no sea una prioridad.

¿Cuáles son sus referencias en estética, en miradas cinematográficas?

JGH: Me gusta el cine  de Almodóvar o Woody Allen, donde el guión te lo dice todo.  En Ámbar queríamos algo muy intimista, no tenerle miedo a los primeros planos sin, por supuesto, divorciarme de mi estilo de desenfoques, de contar un chiste para que la gente se estrese. Pero en términos generales, donde la narrativa se impone ante la parte técnica, allí estoy.

MJA: Para nosotros estaba muy claro que íbamos a hacer la película con pocos recursos: sólo usamos una Canon 60 D y dos ópticas. Hubo gente que se sorprendió, pero en la visión general  del proyecto las historias eran las protagonistas. Queríamos que todos pudieran conectarse con eso que era un secreto, invadir un espacio privado. Uno ve las familias en público, pero no sabemos qué hay detrás, cuando se cierra la puerta de la intimidad; cuáles son sus conflictos. Por eso priorizamos estar allí quietecitos, sin efectismos ni alardes de dirección. Era más bien poco a poco ir enterándonos de esos secretos familiares, acompañar a los personajes.

 

Luis Laya

 

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