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El Amparo: memoria y olvido

William Castillo Bollé

Jorge Luis Borges afirma que lo seres humanos estamos hechos de memoria, y que nuestra memoria está hecha de olvido.

Se dice que el cine es el escenario de la memoria. Si Borges tiene razón, entonces el cine que testimonia la historia evoca también el olvido sobre esa historia, y así, sin saberlo o pretenderlo, nos sumerge de pronto en increíbles incógnitas e interrogantes. El cine que relata la historia es luz y es sombra. Un claroscuro del recuerdo.
Esa es la sensación que deja en el espectador “El Amparo” una película del joven director Rober Calzadilla, que nos trae el doloroso recuerdo y el relato atroz de una herida social y humana, aún abierta. En el filme, resurge otra vez esa “Venezuela violenta” que describió Orlando Araujo como una constante de nuestra historia política.
El 29 de Octubre de 1988, un grupo de dieciseis campesinos y pescadores zarpó de la población fronteriza de El Amparo, en el estado Apure, para ir a pescar, río arriba. Cuando el grupo, montado en un viejo bongo, se acercaba al caño Las Coloradas sobre el río Arauca, fue emboscado y atacado por una comisión de militares y policías venezolanos.

Fueron asesinados catorce ciudadanos, diez de ellos tiroteados por la espalda.
Al día siguiente, la prensa daba el pomposo parte oficial. Según el ejército, efectivos militares habían dado de baja a un grupo de guerrilleros colombianos que se disponían a atacar un oleoducto petrolero cerca de la frontera. En el enfrentamiento habían muerto todos los subversivos y ningún efectivo militar.

Hasta allí todo encajaba a la perfección. La democracia que para entonces encabezaba el sonriente Jaime Lusinchi nos defendía, allá lejos en la frontera, de los ataques de fascinerosos y violentos. Saqueado y al borde una crisis que estallaría meses después, al país le venían bien noticias sobre hazañas y heroísmos democráticos.

Pero algo se salió del cálculo. Como surgida del fondo del Arauca, salió a flote la verdad. Dos miembros de la trágica travesía habían sobrevivido lanzándose al río cuando comenzó el ataque. Su relato sobre lo sucedido desmontó la miserable trama del poder. Aquellos hombres humildes, que iban alegres en un bongo, no eran delincuentes, ni guerrilleros, ni colombianos. Eran campesinos y pescadores venezolanos. No estaban conspirando. Iban buscando peces y algo de dinero entre los intricados caños. Lo que había sido cometido, con absoluta saña y frialdad, no era otra cosa que un bochornoso crimen de Estado. Los medios y la gente pronto bautizaron aquellos hechos como “la masacre de El Amparo”.

“El Amparo” es la historia ficcionada de los acontecimientos posteriores al 29 de octubre de 1988 a través del drama vivido por José Augusto Arias (Chumba) y Wolmer Gregorio Pinilla (Pinilla), los incómodos e inoportunos sobrevivientes de la masacre. El dolor, la dignidad y la indignación de las mujeres del pueblo, la heroica defensa de la ley por parte de un solitario policía que se resiste a entregar a los sobrevivientes a los militares, las presiones de éstos para torcer la versión real, los intereses ocultos de medios de comunicación y políticos en ascenso, rodean el drama humano de Pinilla y Arias, atrapados entre el miedo, la criminalización y el chantaje. De todo eso va “El Amparo”.

La historia es narrada casi exclusivamente en primerísimos primeros planos y en algunos casos sin efectos de estabilización de imagen de tal manera que la cámara que camina, corre o llora con los personajes intenta acercarnos a la angustia de éstos. Tristes tonos terrosos, planos plenos de sombras, diálogos intensos, estética de la humilde dignidad campesina. Así nos aproxima el realizador a una trama que nunca termina de despejarse. Que queda suspendida como un cuerpo inerte flotando en el caño de un río. La película no alcanza a explicar las causas de aquella espantosa violación de los derechos humanos, justo en un tiempo de crisis política, y cuyo saldo fueron crímenes espantosos como los del caño Las Coloradas, Cantaura y Yumare. Sin duda, la historiografía registrará la masacre de El Amparo como uno de los primeros casos de eso que hoy se conoce como falsos positivos.

Una ausencia notable del filme de Calzadilla es el paisaje. Salvo un par de atardeceres y unos breves minutos sobre el río, se echa de menos una presencia más sólida y permanente del imponente paisaje del llano, y en particular de las intrincadas rutas que impone la navegación a través del Arauca.

Se puede también cuestionar la consistencia histórica de la película, su fidelidad a los hechos, comprensible puesto que se trata de una versión en clave de ficción de los acontecimientos que rodearon la masacre. Paradójicamente, resalta una cierta intención del director por documentar y retratar fielmente lo ocurrido, a través de una exagerada y no siempre bien lograda presentación de lo personajes reales, militares, medios y políticos. Pese a ello, la película no alcanza a transmitir con toda su intensidad, el clima de extorsión política y la trama de presiones y manipulaciones de los poderes fácticos sobre aquellos dos humildes hombres y sus familias.

“El Amparo” es una película valiente sobre un tema doloroso ocurrido hace treinta años pero que trae al presente, para acicatearnos con el látigo de la memoria, la secular debilidad de nuestro sistema de justicia y nuestra resistencia cultural a enfrentarnos a la verdad. Porque, pese a todo lo realizado a partir del año 2000, la reapertura del caso -cerrado vergonzosamente por un tribunal militar en 1998- y la responsabilidad asumida por el Estado para indemnizar a las víctimas, la herida de El Amparo sigue abierta. El caso permanece radicado en la jurisdicción militar y ni uno solo de los responsables ha sido llevado ante la justicia.

“El Amparo” no es una película complaciente. Más bien atiza cierta necesaria rebeldía frente a la injusticia. Resulta ser, en buena medida, una denuncia y a la vez un alegato que todos los venezolanos y venezolanas deberían ver. Un testimonio audiovisual en claroscuro. De memoria y olvido.

William Castillo

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