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El héroe involuntario

El corozo es una mata que cuando crece se pandea (tuerce), le dice el papá de Rubén Darío al niño consternado por sus continuos fracasos. Frustrado por la adversidad y el desconcierto, el personaje aliviado por la ternura inesperada entrega uno de los tantos episodios conmovedores de un film diferente, que de entrada asombra por una limpia puesta en cámara, la simplicidad poética y efectividad de su guión.

El Dicaprio de Corozopando transcurre en un espacio entre lo real y lo imaginario. No se acoda en la crónica de un tiempo; más bien se fija en lo idiosincrásico sin caer en la vulgaridad del cliché. Para buscar su alquimia particular, el film recurre a una suerte de neo-costumbrismo. Mezcla lo legendario del llano, el humor naturalista y un realismo en actuaciones que nos remite al cinema verité de los 60 -o al mismísimo documental-, añadiendo algún toque de melodrama que, por fortuna, nunca brinca a terrenos telenoveleros.

De hecho El Dicaprio de Corozopando es cine puro. Se mantiene apartado de lo televisivo. Rubén Darío es el hombre (niño) en búsqueda de sí mismo, en tránsito hacia una gloria desconocida; el inocente instrumento de apetitos, voracidades y mediocridades en procura de una grandeza esquiva ciertamente palpable en la diferencia. El protagonista, siempre apoyado por Carmen, su compañera de aventuras, es un antihéroe que aún no despliega su poder; un soñador que busca su identidad y un lugar en el mundo, en medio del desencanto y una variedad de sucesos que no le dan tregua.

Las figuras arquetípicas de los padres abnegados le brindan calidez y cercanía a la historia. Entretanto, Carmen es la futura mujer emprendedora, que con el tiempo será, sin dudas, buena profesional, madre y esposa. Los niños pícaros y burlones encarnarán a la sociedad hostil que, fatalmente, siempre debe confrontar el hombre de talento. El alcalde, por su parte, representa ese afán secular y grotesco de poder, el egoísmo del hombre pobre de espíritu, rodeado por la infaltable corte de jalamecates y agoreros.

En medio de ellos, la figura mítica del viejo maestro muestra a los muchachos las posibilidades ilimitadas del mundo. Y por supuesto, el pueblo, entre virtudes y miserias, se presenta sin disfraces: con sus alegrías y pequeñas decepciones; debilidades por lo fútil y vocación por lo sublime. Es el pueblo que todo lo da y todo lo quita; el que obra como juez y parte, a la expectativa de que lo extraordinario surja desde su seno.

Diálogos bien construidos, sin pretensiones ni excesos de azúcar, se insertan en escenas ágiles e interesantes que no saturan. Una buena dramaturgia y momentos entrañables permiten que la película fluya. La acción es constante, pero pasa sin sobresaltos valiéndose de pausas cortas de intimidad; de fantasmagorías y pequeños sketches de sutil comicidad. Corozopando aparece como un sitio en medio de la nada, un lugar recóndito de empresas truncadas que contrastan con la sonrisa incesante. Rubén Darío, a su despecho, será el reivindicador, símbolo del buscador de caminos propios, del trashumante intuitivo en pos del triunfo improbable pero posible; del niño que de pronto se hace hombre en su pequeña proeza, echándose el pueblo al hombro, cargando con padres solícitos, enamoradas ladinas y amigos ingratos.

Quizás se pueda reprochar a la cinta que presente la posibilidad del triunfo del héroe lejos de sus linderos, pero es que, después de todo, Rubén Darío quizá simbolice a ese profeta del refrán, el que busca en el movimiento más allá de los horizontes inmediatos lo que su tierra le negó. El final –no tan- abierto nos deja un gesto agridulce, vecino de la literatura, que esperemos -y rogamos-, eso sí, no se vierta en una secuela o “parte 2” al estilo gringo.

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