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La importancia de llamarse «GUACO»

Luis Laya

Me gustan los documentales de música. Y son necesarios, si cabe el término en el contexto, pues suponen un elemento de divulgación y retratan el quehacer de las movidas. Dejan constancia de lo que ha devenido una visión artística y de cómo se permean los estilos que sus creadores han tocado, para dar paso a la evolución.
Los documentales suelen tener diversos enfoques, filosóficos y estéticos; los hay desde los muy arriesgados y audaces hasta los planos y predecibles. Televisivos, cinematográficos, promocionales o vanguardistas. Muchos se inclinan a acentuar las afinidades del cineasta; componen panoramas muy amplios; denostar o ensalzar. Existen los docus académicamente correctos y los políticamente inviables.

Guaco semblanza, del director merideño Alberto Arvelo, recoge lo mejor del documental musical convencional y lo pone en perspectiva, usando un tratamiento netamente de cine, para verterlo en un formato susceptible de ser televisado, sin desmedro de su atractivo. Arvelo, conocido por sus cuidadas puestas en cámara y la sutileza para encuadrar y contar historias, incursionó ya en una forma híbrida con Tocar y luchar. Allí, el elemento promocional en pro un determinado movimiento se sitúa en un plano tan importante como la narrativa del documental o el propio objeto a ser contado.

Con Guaco semblanza ocurre algo parecido. Sin velarse el discurso, tanto la estrategia del relato cinematográfico como su característica celebratoria son visibles en pantalla. La pieza carga con su toque de reality y de cuento cronológico, hurgando en memorias y vivencias; en la voz en primera persona de los propios protagonistas, tanto en off, como directo frente al lente; pero luego asume sin complejos su propia narrativa. La historia del supergrupo experimental de gaita, de música tropical de vanguardia; o de salsa zuliana si prefieren.

La película discurre por tres carriles principales: el auge de la banda en Japón; el proyecto de ensamblaje con una propuesta sinfónica; y el anhelado –y logrado- éxito en los Latin Grammy de 2016. En el medio, visitamos procesos creativos, rozamos postales de costumbrismo y acompañamos el cosmopolitismo de una banda venezolana y universal que ha volado muy lejos desde su inicio con la gaita de furro, para luego pasearse por las tendencias de moda, siempre afincados en un concepto rítmico tradicional y mixto que lo hace único e irrepetible.

El tratamiento elegido por Arvelo es plenamente cinematográfico, usando travellings y cámaras en mano; grandes planos generales y difuminados oníricos; iluminación siempre correcta y una fotografía pulcra -sin que resulte en imagen falsa o “sobre-producida”-. Gustavo Aguado, el único miembro fundador de la banda que se mantiene en activo, cuenta la mayor parte de la historia desde una sencillez y dominio que se agradece, resultando siempre cercano y abriendo cancha para que otros integrantes de la banda se luzcan en sus intervenciones, sobre todo instrumentales.

La primera parte del documental, aparentemente caótica, va aterrizando en un delta a la inversa que luego se une en caño principal, resaltando la huella del grupo en la música universal de este tiempo y poniendo de relieve la cuota de riesgo que lo ha distinguido durante cinco décadas, más allá de su subrayable comercialidad o adaptabilidad a los tiempos. El relato emociona en algunos picos, penetrando en el hacer de los músicos para lograr una conexión entrañable que permanece. El director desaparece del foco de atención, dándole fluidez al discurso y vida propia al film.

Si la hipotética salida al cine no es por cotufas y helado, sino para encontrarse con una obra placentera y significativa, sin duda que Guaco semblanza es una buena selección, reivindicativa de la venezolanidad y, de cierto modo, trascendente.

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