Lunes o martes, nunca domingo o el viaje a la esperanza

Usando la clave road movie, Maruví Leonett, propone un encontronazo con la memoria

El guardado, o lo que es lo mismo, el secreto, forma parte de la esencia de lo humano. Al traspasar a lo social, eso inabordable y privado, puede incluso devenir tabú. Entonces las sociedades, movidas por una percepción oportunista de lo correcto, hacen, construyen guardados ideológicos y se convierten en impresoras de lo aceptable. Ello no es casual, sino funcionalismo puro. Léase castración. La comunidad, adaptada a los catecismos mediáticos, se convierte en redil de ovejas. Atiende rotundamente el papel asignado por la metrópoli. Pero en ocasiones, el guardado sale a la luz y se rompe el tabú.

Así, el secreto se ha convertido en un mecanismo de olvido, de desmovilización; significa asesinar al ser humano, en lo literal y lo simbólico. En Lunes o martes, nunca domingo, largometraje de la escritora y cineasta merideña Maruví Leonett, los personajes transcurren en su anecdotario personal, yendo tras la pista de sus guardados íntimos, pero en el caso de Gregoria -una co-protagonista que inclina la balanza a su favor merced a una fuerza intrínseca -casi involuntaria-, la carretera la lleva a toparse con un secreto colectivo: lo innombrable guardado con un propósito atroz a la vez que construido por un sistema implacable.

Este secreto, que ha sometido la verdad socio-histórica a una ráfaga mortal, encontró además aliados inesperados. Por ejemplo, la desmemoria. Yendo de atrás hacia adelante, en un imaginado ejercicio narrativo a lo Irreversible de Gaspar Noé, encontraríamos los porqués de un cuento bien contado. En ese sentido, esquivaremos el dispositivo del espoiler, ese fallo odioso del “crítico” que cae en la ligereza de contar los pormenores y la resolución del relato para sustentar su análisis. Intentaremos ser cuidadosos ya que, si existe alguna magia en esta película, ésta habita precisamente en su primer cuarto de hora y en su conclusión.

Los Andes como punto de partida de un itinerario, abre el telón para, de manera reposada, introducirnos en el viaje. Ese recorrido en retroceso por la vida es, en la persona del anciano Ezequiel, la búsqueda del yo interior, introducirse en la gruta de los amores y la nostalgia; para finalmente, lidiar con los objetivos no conseguidos y las frustraciones políticas. El viajero, ya truncado su ciclo vital, entrega el relevo inesperado a su nieta Gregoria, un ser amable y entrañable. Definido por una ingenuidad que raya en lo idílico, el carácter de Gregoria propicia que, precisamente sea ella la encargada de exponer un mundo de referencias e información que espera por ser narrado y, acaso, por una reivindicación.

El fresco de personajes, entreteje a Vladimir, investigador de temperamento filosófico a pesar de su juventud y desparpajo buena onda, con Lucía, la inefable mujer kitsch y clase media, fatua, dolida y enemiga del silencio, que poco a poco surge como una mariposa de su envoltorio para encontrar la libertad como ser humano. El simbolismo en el caso de la peripecia sentimental de esta mujer, se presenta en forma de sub-trama, al principio cliché y finalmente poderosa. Simbolizando un territorio sumergido en la superficialidad, repleto de capas con guardados inconfesables, la mujer se libera de un sistema y una infelicidad opresiva con máscara de fatalidad: así, al final de la historia, se despoja del carro “robado”, del anillo y de las extensiones de cabello. En suma: de la insatisfacción, la hipocresía y la ignorancia.

Lunes o martes, nunca domingo, roza el género dramático familiar –incluso el melodrama- y un registro road movie carente de tensión y ritmo narrativo; así mismo, el cine político e intimista. La remembranza desde lo bucólico se muestra en el desdoblamiento espiritual Ezequiel-Gregoria. En este último personaje encontramos, quizás, la frescura de un país cándido, ignorante de su propia historia. Culpable de olvido, pero aun ávido de reconocerse.

La frase “los pueblos pequeños no los dibujan en los mapas”, pronunciada al paso por Vladimir como metáfora misteriosa ante una pregunta infantil de Gregoria, evoluciona y deriva hasta convertirse en una declaración más concreta y plena de sentido: “Cabure existe…aunque no lo dibujen en los mapas”, lo cual se paraleliza al descubrimiento de la muchacha sobre lo privado, lo político y lo identitario.

Ese pasado, manantial del hilo histórico, la conduce al encuentro de los José Leonardo Chirinos, los Andresote, los Guaicaipuro y los Zamora, hasta desembocar en los guerrilleros y combatientes urbanos víctimas de desaparición forzada, a partir de los años 60 del siglo XX, en el marco de la lucha armada y la “democracia representativa”.

La huella resultante, con paradas en los cantores populares, campesinos de todo el país y líderes como el propio Hugo Chávez (presente en algún grafiti electoral, que refuerza el verismo de la cinta), transforma -o eso esperamos que haga- a un pueblo dormido y escéptico, en otro distinto: curioso, inventor y re-descubridor de su misma rebeldía. Un pueblo a pesar de sus contradicciones y reveses, movilizado más por intuición que por certezas. Un pueblo al rescate de su propia “esperanza perdida”.

 

Luis Laya

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